Después de ayer

•4 de abril de 2012 • Dejar un comentario


Y dejas en mis labios
la marca de tu sonrisa enamorada.

Y dejas en mi piel
la huella de una lucha apasionada.

Y dejas en mi alma
la brisa de una caricia contenida.

 

Y se queda mi vida
sumergida en una mar necesitada.

Surcos

•3 de abril de 2012 • Dejar un comentario

La blanca enfermedad de mi agonía
inunda mis cabellos de sudor.

Frondoso de ti estaba
cuando estuve, y solo ahora,
los arados de mis manos
arrancan la calma de mi pecho.

Surcos de ira abren, de los
que mana sangre con hervor.

Rojo caudal riega este árbol
que tiene levantada mi pasión.

El errante ser que en mí convive,
llamas encuentra en mi mirada
al asomarse a la oscura locura
del espejo que mi vida sobrevive.

Mi sangre

•2 de abril de 2012 • Dejar un comentario

 

Ya no estás,

y aún te has quedado.

 

Te marchas,

y te llevas mi mirada.

 

Es tu ausencia quien

se lleva mi sangre,

y con la que me dejas,

caen estas palabras

ante los pies de

la silueta silenciosa

que una noche

estuvo en mi ventana.

 

Frente al precipicio

•29 de marzo de 2012 • Dejar un comentario

Sería de noche cuando llegara al precipicio de la soledad. Aún era pronto y la mañana hacía promesas de sonrisas. Miró fijamente a su taza de café para saber si le decía la verdad: ¿hoy…? Pero callaba. El trago era largo, y el silencio duro. De pronto se hizo tarde, y la confidencia acabó en un suspiro de evasión. Ya se había acostumbrado a la traición de cada mañana, y se decidió por mirar de frente a la timidez de aquel sol amanecido. Paso ligero, perfume sin color y brisa delicada, eran los compañeros de un día diferente hacia el futuro. Hoy, el salón estaba pintado de ilusión: se lo enseñó el guiño de una ventana que se miraba en el sol. Todavía no había ritmo de jazz en el salón, pero el teléfono empezaría a empujar enseguida. Con paciencia, buscó la comodidad frente a la mesa para esperar la despedida. Se pasearon los problemas ante su mirada, sin rozar siquiera su sonrisa de esperanza. Sólo le había parecido un rato cuando se vio frente a la puerta blanca y con la manecilla del reloj ya en todo lo alto. Con decisión quiso atravesar aquel fondo blanco, cuando la tarde le descubrió unos ojos que le tendían un puente.

Y quiso aprovechar el puente para cruzar el precipicio de la noche.

No sé…

•16 de marzo de 2012 • Dejar un comentario


No sé qué tienes,

que no te entiendo.

No sé qué tengo,

que no te siento…

 

Y es que

ayer quise ser tanto de ti,

que acabé

siendo un extraño de mí.

 

No me duelen los días de tu pasado,

hoy devuelvo la mirada al futuro,

y con las gotas que se me han caído,

limpio el cristal con que te miro.

 

La entrada del Purgatorio (V)

•11 de marzo de 2012 • Dejar un comentario

Me temblaba la mano y no quería que mis ojos vieran las palabras del maligno sobre aquel pergamino. Quise seguir a oscuras sólo por ocultar lo terrible que pudiera esconderse en aquellas letras. Al fin, sin darme cuenta, regresó la brisa de la tormenta a mis mejillas y me vi fuera de aquel lúgubre caserón. Nadie había ya. La guardia habría regresado al juzgado, y me vi solo de nuevo, calle arriba, por el camino hacia las casas del pueblo. Al frente, dos carros cargados de enseres cruzados en el camino para cerrar la entrada al pueblo. Tuve que agacharme para pasar entre sus ruedas y poder entrar. Entonces, me percaté de que no tenía donde guardar el pergamino, y desde luego no quise meterlo junto a mi pecho. Opté por dejarlo con cuidado bajo aquel carro y recuperarlo después de cruzar. En pie de nuevo, estaba recuperando la compostura de mis ropas, cuando me di cuenta de que al final de la calle, en la plaza de la iglesia, había una muchedumbre silenciosa y expectante. Sólo destacaba el pobre ciego que, sentado en las escaleras del lateral de la iglesia, repetía en voz baja: Contádmelo, por caridad, contádmelo… Vivía de las miseras monedas que los habitantes de aquellos pueblos de Castilla dejaban sobre su escudilla cuando terminaba de relatar sus romances.
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La Entrada del Purgatorio (IV)

•4 de marzo de 2012 • Dejar un comentario

Hernando no llegaba a comprender la situación. Durante el camino de regreso, sólo me preguntaba a quién se refería la gente cuando hablaban de Asmodeo. El pobre de Hernando era un buen hombre al que nunca le atrajo la doctrina de la Iglesia. En realidad, el párroco ya lo había intentado demasiadas veces con él, y ya hacía tiempo que desistió. Intenté explicarle las formas en que el diablo intenta engañar a las almas, y cómo se adapta a su interlocutor para tomar ventaja y enriquecer su mazmorra con una captura más. Bueno, eso fue lo que me enseñaron los Dominicos cuando aún me corregían las travesuras con una dura regla. Mi difunta madre quiso lo mejor para mí, y por eso fui el último hijo. Con eso, me concedió la gracia de que mi padre me enviara bien pronto al seminario, y pudiera recibir la formación escolástica y las enseñanzas de Santo Domingo. Sin embargo, las maneras de la Santa Inquisición que veía en mis tutores, fue apartándome del recto camino. Conseguí que mi tutor mediara por mí, y conseguí entrar en la universidad. Al fin, este jubón negro me jubiló de las aulas cuando alcancé el conocimiento para ganarme la vida como escribano…

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La Entrada del Purgatorio (III)

•19 de febrero de 2012 • Dejar un comentario

Acudí al juez con mis primeras impresiones, con la sensata petición de que me asignara dos alguaciles que me acompañaran al caserón de los Narbona. Siempre reticente, el juez consintió en sacrificar sólo uno de sus alguaciles. Debo confesar que, con los años que llevaba de trabajos para el juez, pedí el doble de los que necesitaba. Otra cosa es que al pobre Hernando no le hiciera maldita la gracia.

Procuré acudir de buena mañana al juzgado para evitarnos la caída de la tarde, y allí estaba el pobre de Hernando. Más grande que la garita en la que estaba, pero con más miedo que el que yo tuviera. Y es que los rumores ya habían empezado a circular por la villa, y decir eso y decir que todo el mundo lo sabía, es todo uno.

Acertamos a llegar a la casona cuando una humareda se levantaba al final del camino. Era fácil ver que el humo salía de la Entrada del Purgatorio. En silencio, nuestros pensamientos corrían ya: si en el Infierno se queman las almas, ¿en el Purgatorio hay humo? No cruzábamos ni media palabra, pero yo veía como Hernando asía su arcabuz con firmeza. Decididos -yo, detrás- nos íbamos aproximando al caserón pero, por Dios que aquel camino se me hizo un instante.

La puerta estaba entreabierta, y Hernando la empujó poco a poco. Se resistían los goznes por la herrumbre y, al pronto, cedió de un golpe hacia adentro: alguien tiraba de la puerta desde dentro.

Del susto, yo me caí hacia atrás, y el pobre de Hernando casi se muere… Una sombra salió corriendo despavorida calle abajo. En la carrera, aquella sombra perdió un sombrero de segador.

Recomponiéndonos, le dije a Hernando que se tranquilizara, que los espíritus no acostumbran a segar. Bueno, no bastaron unas simples palabras, en realidad tuve que atravesar yo primero la entrada. Era evidente que alguien acababa de prender fuego en una oquedad en el suelo. Ya se consumían varias varas de terreno alrededor, y nosotros no teníamos con qué apagar el fuego. Hernando, a una voz mía, acudió a la fuente de al lado para acarrear agua. Fue imposible apagar el fuego, pero al menos evitamos que llegara a la casa. Así es que, si no corría aire, el fuego se extinguiría solo.

Con la negativa de Hernando por dar ni un paso más adentro, decidí que regresáramos hasta el juzgado y dar parte de lo ocurrido. Eso sí, tuve bien cuidado de recoger el sombrero del que huyó.

En el camino, fuimos mostrando el sombrero a los vecinos que nos cruzábamos por si alguien reconocía a su dueño. Pero fue en balde. Ya eran las once cuando entrábamos por la puerta del juzgado. Hernando se dirigió al cuerpo de guardia para volver a enseñar el incógnito sombrero. Y volvió con buenas noticias: un alguacil de los de los calabozos conoce a Juan, que es aparcero del señor conde. Él es el dueño del sombrero.

Ante esa noticia, decidimos esperar a que el señor juez dictara sobre cómo actuar, aunque yo estaba convencido de que habría que detener al incendiario pero, estando el caso de la Entrada del Purgatorio de por medio, prefería que fuera el propio juez quien se pronunciara.

Fue sobre las doce cuando llegó el juez, y pudimos informarle sobre lo acontecido. Así es que, sin dilación, envió a los alguaciles para que le detuvieran y le condujeran hasta su presencia para tomar declaración. Como quiera que yo estuviera allí, me instó a que yo acompañara a los alguaciles por si hubiere motivo de tomar razón acerca de detalles en la detención.

Así fue. Nos dirigimos a casa de Juan, dos alguaciles y este escribano, prestos a detenerlos ellos, y a ver qué había pasado en el caserón, yo. Al llegar, hubo grande revuelo de los vecinos, pues no era posible ni pasar hasta el zaguán de la casa. Una vez apartado el gentío a la voz de orden de los alguaciles, pude ver lo que en la fachada de la casa aparecía: Vendrás conmigo pronto. Esas palabras aparecían escritas con el fuego de una antorcha sobre el blanco de la fachada.

No hubo respuesta a la voz de los alguaciles frente a la puerta: “Juan, el aparcero, ¡date preso!

Del silencio surgió una voz de la chusma que dijo:

-No está. Se ha marchado con su familia después de que llegara Asmodeo
-¿Y dónde está Asmodeo?, pregunté
-Se marchó, cuando los vecinos empezamos a gritar pidiendo auxilio. Corrió calle abajo hacia la Puerta del Purgatorio…
-¿Quién ha escrito eso en la pared de la casa de Juan?
-Ha sido Asmodeo, que traía fuego en una mano. Aulló con una voz aguda como nunca he oído, y viendo que no salía Juan, escribió eso en su casa. Después, una vecina empezó a gritar y seguimos los demás. Al sentirse rodeado, Asmodeo huyó con su cólera calle abajo.

Tuvimos que regresar con las manos vacías hasta el juzgado…

La Entrada del Purgatorio (II)

•19 de febrero de 2012 • Dejar un comentario

Tardé casi una semana en conseguir más anotaciones sobre mis pliegos. Después de las declaraciones del párroco, me dispuse a hablar con Carmen, pero fue inútil. Se encontraba en los calabozos, ya que no tenía familia, y a su casa no estaba dispuesta a volver. Tras el primer intento de conversación, en el que ella sólo me preguntaba si había visto a Balial, decidí que debía interceder por aquella desgraciada, y me dispuse a visitar a Doña Juana,  condesa de Haro. La condesa tuvo a bien recibir a este humilde escribano, gracias al salvoconducto que el señor juez me tiene confiado para estos casos. Con la petición que la condesa me entregó, dirigida a la abadesa de Santa Clara, la desgraciada Carmen pudo tener mejor consuelo en una celda de la abadía.

Tuve que dejar transcurrir dos días, hasta que las clarisas hubieron alojado y adecentado a la pobre Carmen. Tras las rejas del torno del convento, tuve la oportunidad de entrevistarme con ella, y escuchar su declaración:

-La noche en que regresé de enterrar a mi difunto padre, ví a Belial salir de la Entrada del Purgatorio. Fue la primera vez.
-Pero, ¿quién es Belial?
Belial es la guerra, es violento… Belial camina sobre el aire. Yo lo ví: levita de noche a unos dos palmos del suelo. Y viste con harapos largos y negros que le cubren desde la capucha hasta los pies…
-¿Dónde lo viste?
-Salió de la Entrada del Purgatorio, y llegó hasta mi casa. Yo estaba calentando una olla en la lumbre, y él llevó su mirada desde la ventana hasta mi cuello. Lo sentí. Frío como un témpano sobre mi cuello…
-¿Y después?
-Desapareció. No volví a saber nada de él. Pensé durante varios días que fue un sueño. Eso fue hasta que otra noche le vi regresar. Traía a un niño en brazos…
-¿Y qué ocurrió con el niño? ¿quién era?
-Desapareció con Belial en la puerta de la Entrada del Purgatorio. Era pequeño y lloraba desconsoladamente. No me atreví… Quise salir a rescatarlo, pero la mirada de Belial se tornó hacia mí, y me quedé petrificada mientras cruzaba la calle hacia su escondite. Al día siguiente, los gitanos del altozano se marcharon. Yo creo que era uno de sus chiquillos…
-¿Y Asmodeo? ¿quién es Asmodeo?
Asmodeo es la cólera de Belial. Nunca lo vi hasta el día de la tormenta. Ese día no había salido Belial, y pensé que estaba dormido. Aproveché para acercarme a la Entrada del Purgatorio: temía por el niño, y pensé que podría rescatarle. Al acercarme a la Entrada del Purgatorio, no había llantos, no había voces… Y, de pronto, con un trueno, Asmodeo surgió de la nada, y corrí, corrí para buscar refugio en sagrado.

Era cierto que los gitanos levantaron su campamento sin más aviso que las ruedas de sus carros, pero eso era algo que no escapaba a la normalidad. De lo demás, no estaba tan convencido. Plegué mis papeles mientras me despedía cuando los pasos de una novicia se acercaban tras el torno para recoger a Carmen.

Pensativo, pensé que debería armarme de valor para cruzar la puerta de la Entrada del Purgatorio.

La Entrada del Purgatorio (I)

•19 de febrero de 2012 • Dejar un comentario

Corren los últimos días de diciembre del año de 1.518, de Nuestro Señor.

Ocurrió hace un mes. Fue cuando el señor Juez de residencia me envió a documentar los testimonios de lo que aconteció en la iglesia del Santo Cristo de la Buena Muerte.

El párroco vestía su casulla del tiempo de adviento y se encontraba de espalda a los fieles alzando el cáliz, cuando una bocanada de aire frío levantó las pesadas gualdrapas que cubrían las puertas. Como una exhalación, un serpenteante lametazo de aire frío recorrió el suelo de mármol de la iglesia bajo las bancas, yendo a estrellarse en el altar, y levantando los ropones del párroco. Fue tan brusco, que el sacerdote no pudo contenerse y volvió su mirada hacia el fondo de los fieles.

Una desesperada figura de mujer se dibujó contra las llamas de las candelas, corriendo pasillo adelante entre las bancas, murmurando una incomprensible letanía. Bajo la sorprendida mirada de los fieles, aquella oscura figura fue a arrodillarse a los pies del altar, sin cesar en su letanía. El frío seguía entrando, y pareciera que la perseguía. Al pronto, alguien del fondo cerró las puertas con los pestillos y todo quedó en calma.

El párroco colocó el cáliz delicadamente sobre el altar, y se inclinó para socorrer a la oscura figura. Asió la barbilla de la mujer y la levantó para mirar sus ojos. Unos ojos enrojecidos y completamente abiertos le descubrieron el pesado sufrimiento que, seguramente, la había conducido allí.

– Los ojos de Belial han atravesado mi ventana… Anoche no pude… Sólo esta mañana, dormía Belial, pero al salir, me perseguía Asmodeo

Aquella letanía no cesaba, una y otra vez la mujer lo decía. Siempre, hasta que alguien de las bancas acertó a acercarse, armado de valor, y la reconoció por su nombre:

– Carmen… Carmen… ¿qué ha pasado?

– Los ojos de…

Un sepulcral silencio se apoderó de la iglesia y, al pronto, un grito desgarrador:

– ¡No dejéis que me lleve a la Entrada del Purgatorio!

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