Y el cielo siempre es azul…

•26 de mayo de 2012 • Dejar un comentario

Larga soledad y corto de café. Una mañana de impostura entre cristaleras y aviones que se cruzan. Así se ha cruzado en mi vida la espera de esta mañana, que me llegó hace días. Sigo pensando que no hay mejor café que el que siempre encuentro al lado azzurro de los Alpes. De fondo, el himno de la insumisión que nos llevó desde Prodi a la revolución. Hoy, que los indignados quieren conquistar algo que se les escapa entre las manos, otros me devuelven por unos días a esta tierra de lagos y montañas. Le pido a la camarera que vuelva a hacer sonar la banda sonora del malogrado Gaetano, y me devuelve la sonrisa de complicidad que me insinúa su simpatía por los camaradas de l’Unione. Lo cierto es que no me importa ya, pero son buenos recuerdos de una época de siembra de ilusiones. Se me hace raro este aluvión de conciencia y compromiso, después de ver cómo amanece a 10.000 pies… pero no debía rechazar esta invitación.

Interiorizo el deseo de que no vengan aún a recogerme. Lo deseo profundamente, deseo disfrutar un tiempo más de esta soledad de pensamientos que me ayuda a conquistarme un poco más. Eran algo más de las cinco de la mañana cuando un taxi me conducía a la T1 de Barajas para iniciar un regreso que no esperaba. Después, mi eterna compañera, la moleskine que se refugia a veces en mi pecho, a veces en mis vaqueros, se empieza a llenar de las palabras que quiero usar dentro de un rato; sin embargo, siempre las traiciono. Bueno, en realidad no es culpa mía, sino de la realidad que cambia a mi alrededor continuamente, y yo al final, siempre tengo que echar mano de la improvisación. A pesar de todas las traiciones, mi moleskine sigue sin tenérmelo en cuenta. Mi anfitrión observa cómo se cubre la timidez del refugio de mis palabras cuando se aproxima entre las mesas con una sonrisa de bienvenida… Y el cielo siempre es azul.

Rino, sarai sempre il migliore… Ci vediamo!

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Soliloquio

•20 de abril de 2012 • Dejar un comentario

Me pregunto si te importa. Hace cinco años que te hablo, pero no sé si me escuchas. Este largo soliloquio que mantengo no deja de castigarme cada día. Y es cierto que abusé queriendo que supieras de mí, pero también es cierto que me he esforzado en cada intento. Dejé estas palabras, a veces con el corazón recién arañado, a veces con la euforia de la cima conquistada… pero siempre contigo en la mirada, y sin pedir nada más que un instante de tu vida.

Es posible que pienses que no estoy a la altura. Es posible que no entiendas esta pérdida de tiempo. Quizás, ni te importe. Sin embargo, yo sigo estando porque una vez necesité ayuda para romper la soledad, y no hubo nadie. Ahora, haré lo que pueda para sumar dos manos más en esa lucha. Son gotas de sentimientos en mi vida que puedes usar para acompañar un trayecto de la tuya. Pasas, y de vez en cuando nos cruzamos, pero dejo en tu mano una cuartilla que he escrito para ti.

Desde esta oscuridad, pienso una vez más que merece la pena. Al fin y al cabo, sólo es mi vida.

En King’s Cross

•14 de abril de 2012 • Dejar un comentario

Resultaba imposible liberarse del frío. Agatha volvía a cubrir su exagerado escote con una capa de piel de zorro en la mesa de aquel salón de té. La ventana dejaba pasar las tenues luces de una tarde de lluvia en la city de Londres. Sólo quería dar la última oportunidad a su pasado, y que el impresentable de su marido rectificara. Sin embargo, la soledad de aquella tarde lluviosa terminó imponiéndose, y Agatha acabó por levantarse con toda la dignidad que había estado guardando hasta entonces.

El coche de caballos esperaba bajo la lluvia, mientras el cochero intentaba guarecerse sentado en el pescante bajo un pesado capote. El torrencial aguacero parecía repetir a Agatha todos y cada uno de los innumerables motivos que tenía para continuar con la decisión de abandonar a su marido. Camino de la estación de King’s Cross, la despechada dama sólo era capaz de ver similitud entre la velada admiración por el reciente imperio nazi, que empezaba a profesar su majestad Jorge V, y la traición de su marido.

Parecieron eternos los minutos de trayecto desde Oxford Street hasta King’s Cross, pero al fin el coche se detuvo con un atronador crujido de las ballestas de madera de aquel enganche de percherones. Enseguida, bajó el cochero a desplegar los peldaños, mientras avisaba con su vozarrón al mozo de equipajes. Entre tanto, los baúles se agolpaban sobre la carretilla del mozo, y el cochero desplegaba un gigantesco paraguas ante la portezuela para que la dama descendiera del coche. Todo fue a un ritmo inusitadamente lento para Agatha, pero los recuerdos se agolpaban en su pensamiento y aún no podía creer en el alcance que llegaban a tener sus actos. Ya en la sala de la estación, Agatha entregó su billete de tren al mozo, y le siguió al lento ritmo del reloj victoriano que presidía la estación. Al fondo, los vapores blancos del expreso anunciaban la inminencia de su partida, y el mozo aligeró el paso para anunciar la llegada de la dama.

De nuevo, cristales al fondo. Era como si los barrotes de la cárcel que había sido su vida, se estuvieran tornando transparentes de repente. Un último vistazo al andén, y sin remedio, un adiós lleno de soledad. No pudo evitar que se le cayera la mirada al enfrentarse al vagón que la conduciría a la aventura. Se dio cuenta de cuánto le pesaban los recuerdos, cuando la mano de un caballero le ofrecía subir al que iba a ser el refugio de su huida durante varios días.

Corrían días fríos de 1930 y el destino era Baghdad; el camino, Paris, Belgrado y Constantinopla; el tren, el Orient Express; el caballero, el apuesto arqueólogo Max Mallowan. Y la dama, Agatha Christie. Una nueva vida comenzaba con una gran aventura.

Después de ayer

•4 de abril de 2012 • Dejar un comentario


Y dejas en mis labios
la marca de tu sonrisa enamorada.

Y dejas en mi piel
la huella de una lucha apasionada.

Y dejas en mi alma
la brisa de una caricia contenida.

 

Y se queda mi vida
sumergida en una mar necesitada.

Surcos

•3 de abril de 2012 • Dejar un comentario

La blanca enfermedad de mi agonía
inunda mis cabellos de sudor.

Frondoso de ti estaba
cuando estuve, y solo ahora,
los arados de mis manos
arrancan la calma de mi pecho.

Surcos de ira abren, de los
que mana sangre con hervor.

Rojo caudal riega este árbol
que tiene levantada mi pasión.

El errante ser que en mí convive,
llamas encuentra en mi mirada
al asomarse a la oscura locura
del espejo que mi vida sobrevive.

Mi sangre

•2 de abril de 2012 • Dejar un comentario

 

Ya no estás,

y aún te has quedado.

 

Te marchas,

y te llevas mi mirada.

 

Es tu ausencia quien

se lleva mi sangre,

y con la que me dejas,

caen estas palabras

ante los pies de

la silueta silenciosa

que una noche

estuvo en mi ventana.

 

Frente al precipicio

•29 de marzo de 2012 • Dejar un comentario

Sería de noche cuando llegara al precipicio de la soledad. Aún era pronto y la mañana hacía promesas de sonrisas. Miró fijamente a su taza de café para saber si le decía la verdad: ¿hoy…? Pero callaba. El trago era largo, y el silencio duro. De pronto se hizo tarde, y la confidencia acabó en un suspiro de evasión. Ya se había acostumbrado a la traición de cada mañana, y se decidió por mirar de frente a la timidez de aquel sol amanecido. Paso ligero, perfume sin color y brisa delicada, eran los compañeros de un día diferente hacia el futuro. Hoy, el salón estaba pintado de ilusión: se lo enseñó el guiño de una ventana que se miraba en el sol. Todavía no había ritmo de jazz en el salón, pero el teléfono empezaría a empujar enseguida. Con paciencia, buscó la comodidad frente a la mesa para esperar la despedida. Se pasearon los problemas ante su mirada, sin rozar siquiera su sonrisa de esperanza. Sólo le había parecido un rato cuando se vio frente a la puerta blanca y con la manecilla del reloj ya en todo lo alto. Con decisión quiso atravesar aquel fondo blanco, cuando la tarde le descubrió unos ojos que le tendían un puente.

Y quiso aprovechar el puente para cruzar el precipicio de la noche.