de profundis (II)

Álvaro estaba enamorado de la luz. El pequeño no perdía la oportunidad de sentarse junto a la ventana para descubrir en la pared los dibujos que pasaban entre sus dedos. Guardaba un pequeño pañuelo que Marta, su madre, había cosido para él. Deslizaba aquel pañuelo por la pared con todo su cuidado: no era muy blanca, pero servía, y era el universo que tenía junto a su ventana. Así transcurrían las horas del final del invierno, en la casa de Álvaro. Mientras, su madre se afanaba por mantener caliente un escaso puchero, con pocas verduras y un hueso de ternera que ya tenía más de quince vísperas.

Hoy era ya abril, y el invierno sólo un recuerdo. Pero Álvaro permanecía fiel a su primer amor: la luz seguía calentando aquel pequeño corazón cada mañana. Cada tarde, de regreso a su casa desde el colegio de San Miguel, jugaba en la plaza de la Santa Cruz con Juanito y sus hermanos. Yo creo que eran los reflejos del agua de la fuente, pero lo cierto es que siempre Álvaro se perdía imaginando con los reflejos del agua. Bendita paciencia la de aquella madre, que al final tenía que salir al encuentro desde el callejón del Agua.
Aquella tarde, la madre no encontraba a Álvaro donde siempre. Nerviosa, rodeó la plaza sin éxito. Se asomó a la muralla, pero nada… Como una visión fugaz, Marta pensó en el taller de maese Bartolomé. Tras de una columna encontró al pequeño…

-Álvaro, hijo mío… ¡Qué susto me has dado!

Sin apartar la mirada, el pequeño Álvaro contestó a su madre:

-La Señora me mira, mamá…

Absorto aún, casi sin pestañear, el pequeño permanecía apoyado en la columna cuando un gran cuadro se secaba colgado en la pared frente a la puerta del taller del maestro. La dulzura de los ojos de una Inmaculada habían velado la inocente escapada del pequeño.

Nunca hubiera imaginado aquel niño que sólo era el primer día de toda su vida junto al maestro.

Álvaro era el tercero de cinco hermanos, y su padre había decidido que en San Miguel podrían encargarse de su educación. Sus dos hermanos mayores ya trabajaban con padre en la carpintería. Los dos pequeños tenían que crecer todavía, y había que sacar la familia adelante, así es que lo mejor era que el pequeño Álvaro acudiera con los seises, donde le procuraban la comida y un futuro con los curas.

-Es vuesa merced la madre de este pequeño curioso, ¿verdad?

Era maese Bartolomé que, asomado a la puerta del taller, quedó fascinado por la imagen del pequeño que admiraba su obra, junto a la preocupada madre. El rubor fue la respuesta de la joven dama, que sujetaba la mano del pequeño por la preocupación…

-Me vendría bien un aprendiz y, aunque no puedo pagar mucho, creo que podría aprender bien junto a mí, explicó el maestro.

Continuará.

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~ por Caesar en 13 de marzo de 2013.

 
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