De profundis (I)

El silencio se derrumbaba sobre la estancia del desenlace. La oscuridad emergente del rostro oculto de los capuchinos cargaba de severidad el momento. Al fondo, tras la puerta, un morado manto cubría un lienzo sin concluir: el maestro agonizaba. De repente, se quebró el silencio, con la angustia del moribundo:

– ¡Confesión, por caridad! 

Uno de los capuchinos depositó el viático sobre la austeridad de la mesa que soportaba un candil de fuerte olor a cera.

– Ave María Purísima… 

El tono de sus palabras fue disminuyendo mientras acercaba su mejilla a la sedienta boca del moribundo. El abad, sabedor de los gustos del maestro, comenzó a entonar al tiempo de la confesión:

– Dies irae, dies illa, Solvet sæclum in favilla, Teste David cum Sibylla… 

La mano izquierda del maestro, extendida sobre la sábana se alargaba y temblaba con estertores de muerte, cuando se alzó la voz del moribundo:

– Señora, descubridme antes el color de vuestros ojos… 

Fueron sus últimas palabras y, de repente, expiró. Los capuchinos continuaron cubiertos mientras se elevaba el tono de su canto:

– Mors stupebit et Natura, cum resurget creatura, judicanti responsura… 

Corría el 3 de abril del año 1.682 de nuestro Señor. Un intenso olor a sábanas de lienzo quería disimular el fétido regusto de los infectados intestinos del cadáver. El escribano dejó sobre la mesa la última voluntad para acercarse al lecho y apagar los párpados del maestro. Grandes llantos empezaron a subir por las escaleras queriendo cubrir la estancia del dolor de los demás… Al final, sólo la mano del maestro sobre las sábanas, aún vívida por las ampulosas venas grisáceas y con el gesto inconfundible del apoyo del pincel.

Quedáronse velando los capuchinos mientras se anunciaba la eterna madrugada. Era lo menos que podían hacer, pensó el abad, y con rígida disciplina quedaron todos en ayunas y al amparo de sus capuces. Álvaro, el novicio, aún conservaba su pícara mirada apenas oculta y empujó con sutileza la puerta de la alcoba para que empezara a entrar el primer suspiro de azahar de aquella Sevilla ávida de primavera.

Al pronto, el crujido de los cuarterones del portón rompió el ritmo de los capuchinos. La ventana estaba condenada, pero todos adivinaron al escribano embozado entre su capa, caminando calle arriba en busca del párroco de la Santa Cruz. Quiso que así fuera el maestro, así es que no era difícil de adivinar. Entre misereres, fue llegando el aceite y cubriéndose la luna…

Continuará.

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~ por Caesar en 12 de marzo de 2013.

 
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