Y el cielo siempre es azul…

Larga soledad y corto de café. Una mañana de impostura entre cristaleras y aviones que se cruzan. Así se ha cruzado en mi vida la espera de esta mañana, que me llegó hace días. Sigo pensando que no hay mejor café que el que siempre encuentro al lado azzurro de los Alpes. De fondo, el himno de la insumisión que nos llevó desde Prodi a la revolución. Hoy, que los indignados quieren conquistar algo que se les escapa entre las manos, otros me devuelven por unos días a esta tierra de lagos y montañas. Le pido a la camarera que vuelva a hacer sonar la banda sonora del malogrado Gaetano, y me devuelve la sonrisa de complicidad que me insinúa su simpatía por los camaradas de l’Unione. Lo cierto es que no me importa ya, pero son buenos recuerdos de una época de siembra de ilusiones. Se me hace raro este aluvión de conciencia y compromiso, después de ver cómo amanece a 10.000 pies… pero no debía rechazar esta invitación.

Interiorizo el deseo de que no vengan aún a recogerme. Lo deseo profundamente, deseo disfrutar un tiempo más de esta soledad de pensamientos que me ayuda a conquistarme un poco más. Eran algo más de las cinco de la mañana cuando un taxi me conducía a la T1 de Barajas para iniciar un regreso que no esperaba. Después, mi eterna compañera, la moleskine que se refugia a veces en mi pecho, a veces en mis vaqueros, se empieza a llenar de las palabras que quiero usar dentro de un rato; sin embargo, siempre las traiciono. Bueno, en realidad no es culpa mía, sino de la realidad que cambia a mi alrededor continuamente, y yo al final, siempre tengo que echar mano de la improvisación. A pesar de todas las traiciones, mi moleskine sigue sin tenérmelo en cuenta. Mi anfitrión observa cómo se cubre la timidez del refugio de mis palabras cuando se aproxima entre las mesas con una sonrisa de bienvenida… Y el cielo siempre es azul.

Rino, sarai sempre il migliore… Ci vediamo!

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~ por Caesar en 26 de mayo de 2012.

 
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