En King’s Cross

Resultaba imposible liberarse del frío. Agatha volvía a cubrir su exagerado escote con una capa de piel de zorro en la mesa de aquel salón de té. La ventana dejaba pasar las tenues luces de una tarde de lluvia en la city de Londres. Sólo quería dar la última oportunidad a su pasado, y que el impresentable de su marido rectificara. Sin embargo, la soledad de aquella tarde lluviosa terminó imponiéndose, y Agatha acabó por levantarse con toda la dignidad que había estado guardando hasta entonces.

El coche de caballos esperaba bajo la lluvia, mientras el cochero intentaba guarecerse sentado en el pescante bajo un pesado capote. El torrencial aguacero parecía repetir a Agatha todos y cada uno de los innumerables motivos que tenía para continuar con la decisión de abandonar a su marido. Camino de la estación de King’s Cross, la despechada dama sólo era capaz de ver similitud entre la velada admiración por el reciente imperio nazi, que empezaba a profesar su majestad Jorge V, y la traición de su marido.

Parecieron eternos los minutos de trayecto desde Oxford Street hasta King’s Cross, pero al fin el coche se detuvo con un atronador crujido de las ballestas de madera de aquel enganche de percherones. Enseguida, bajó el cochero a desplegar los peldaños, mientras avisaba con su vozarrón al mozo de equipajes. Entre tanto, los baúles se agolpaban sobre la carretilla del mozo, y el cochero desplegaba un gigantesco paraguas ante la portezuela para que la dama descendiera del coche. Todo fue a un ritmo inusitadamente lento para Agatha, pero los recuerdos se agolpaban en su pensamiento y aún no podía creer en el alcance que llegaban a tener sus actos. Ya en la sala de la estación, Agatha entregó su billete de tren al mozo, y le siguió al lento ritmo del reloj victoriano que presidía la estación. Al fondo, los vapores blancos del expreso anunciaban la inminencia de su partida, y el mozo aligeró el paso para anunciar la llegada de la dama.

De nuevo, cristales al fondo. Era como si los barrotes de la cárcel que había sido su vida, se estuvieran tornando transparentes de repente. Un último vistazo al andén, y sin remedio, un adiós lleno de soledad. No pudo evitar que se le cayera la mirada al enfrentarse al vagón que la conduciría a la aventura. Se dio cuenta de cuánto le pesaban los recuerdos, cuando la mano de un caballero le ofrecía subir al que iba a ser el refugio de su huida durante varios días.

Corrían días fríos de 1930 y el destino era Baghdad; el camino, Paris, Belgrado y Constantinopla; el tren, el Orient Express; el caballero, el apuesto arqueólogo Max Mallowan. Y la dama, Agatha Christie. Una nueva vida comenzaba con una gran aventura.

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~ por Caesar en 14 de abril de 2012.

 
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