El manuscrito (I)

Ya ves. Escribiéndote desde la cima de la soledad. He apartado un instante mi rutina porque se me derramaban los sentimientos. Algo que suele ocurrirme cuando vengo aquí porque siempre tengo el desliz de un reojo a tu ventana. Sí, no te lo había confesado, pero es uno de los motivos por los que me gusta subir hasta aquí: porque al final, acabo colándome por tu ventana. Por esa, junto a la lámpara que dejas encendida cada noche. Me pregunto si es un guiño para mí. No sé si es tu espera o tu desafío. Lo que sí sé es que consigues arrebatarme la mirada: estando y sin estar. Se consume la vela del tiempo en mi mesa y me doy cuenta cuando el frío de la noche atraviesa el cristal y roza mis dedos. Sólo entonces consigo soltarme de mis pensamientos para regresar a mis escritos.

Vuelvo a prender la vela que me acompaña y me aferro a las palabras que quedaron antes de pensarte. Lo intento. Una y otra vez. Sin embargo, al final lo que consigo es perderme en recuerdos de otra época. Es diciembre. De nuevo regresan esos dos fantasmas junto a mí. Pequeños e inocentes, me miran con ternura, y yo no sé qué decirles. No hay palabras y yo me quedo sin mirada. Necesito aire fresco porque el alma se me desborda por los ojos. Debiera ver nieve, pero quiero asfalto. Debiera haber viento, pero quiero lluvia. Al final, consigo cerrar la puerta a mi memoria y camino por esta Luna en soledad. Solitaria claridad de sol sobre este polvoriento suelo que me conduce a la frontera del lado oculto. Cuando a mi memoria le han hablado esos recuerdos, mis pasos siempre me llevan a la frontera del lado oscuro. Es que quisiera ver más allá, pero hay oscuridad; la oscuridad en la que siempre terminan mis interrogantes.

Sólo unos minutos me retengo y vuelvo a borrar mis pisadas. De tanto mirar, ahora voy fijándome más en el camino. Bueno, camino sin límites, como casi todo en mi vida. Camino que apunta hacia esa puerta junto a la escalera que me trajo hasta aquí. Sólo por eso, camino. Cuando me doy cuenta de que no hay límites, pienso en otros que habrán pisado más allá de mí, y en esas… algo sobresale del jardín grisáceo y polvoriento. La esquina de un papel parece. No dudo en acercarme porque mi curiosidad me pregunta quién pudo estar antes aquí. No puede ser de nadie conocido, aún estoy demasiado lejos de la escalera. Me inclino y tiro cuidadosamente del borde que tímidamente asoma. Al salir el amarillento escrito, se despoja de su maquillaje gris selénico. Aparece grande y casi limpio en mis manos: sólo un soplo que es inútil aquí, y una áspera caricia para intentar leer rojas palabras en un pergamino ajado:

A ti, que me descubres. En mi última hora, sin pudor, escribo: andante, caminante, sé consciente de que pasas. Mírate en mí, que pasé, mira a tus pies: ahí es donde empieza el mundo y ahí estás dejando tus huellas, lo que dejas de ti en el mundo… Al fin, tus huellas, el paso de tu vida son. La desnudez que vas a leer en este papel son huellas que no ha podido ver un desconocido: tú. En esta última hora empiezo a dejarlas para ti, sin saber si llegaré a acabarlas…

Sigo aprendiendo.

Una vez más, juguetes sobre el mármol.

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~ por Caesar en 8 de diciembre de 2009.

 
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