La renuncia

Que me sigo fijando en cómo se remansa el mar al llegar a la playa. Si es que la acaricia. ¡Qué envidia! Si te tuviera hoy aquí, si me viera ahora en tu mirada, no estaría detenido en el mar. Pero es que la paz que me da, me recuerda las caricias que se te escapan cuando te enfrentas al muro de mi espalda. Vuelvo a volverme, vuelvo a mirarte, vuelvo a tenerte…

Ahora tengo ganas de que la noche nos oculte de las miradas de los que pasean. Salir y ver guiños de farolas contigo. Hablar juntos de la vida. Caminar sin camino. Gozarte hasta echar de menos la soledad. Es que toda una vida contigo me parecería un instante… Nos sorprendemos al mirarnos en un charco y descubrir con una sonrisa que mirábamos al otro. Besos húmedos de lluvia que nos descubren lo largo que puede ser silencio.

Pensaba en eso de ayer mientras subía. Dejé que se cerrara la puerta tras de mí, seguro de que nadie habría en el refugio en una noche de sábado. Efectivamente, sólo la soledad. Despejé los restos de una tarde agitada para sentarme a escribir. Desde luego, alguien había utilizado el refugio antes de marcharse en una noche de diversión. Estaba buscando hueco en la mesa para mi diario cuando unos golpes llamaron a la puerta. Siempre hay un idiota de turno, pensé, esperando ver al de la tarde agitada que regresaba por un olvido. De nuevo, llamaron. Me dí cuenta de que era un sonido tímido, como de desconocido. Me levanté intentando convencerme de que eso no podía ser. En cualquier caso, apagué la luz y me revestí de solemnidad para abrir. Sólo la luz de la Luna debía ser testigo de tan increíble encuentro: nadie nuevo había llegado hasta ahora al refugio. Con más decisión que solemnidad abrí la puerta. Una sorprendida joven de melena bañada en azul no creía lo que veía mientras sostenía una cajita negra y brillante con sus manos.

-¿Sabes dónde estás? Pregunté con una carga de ceremonia.

Un entrecortado ‘buenas noches‘ me devolvió mi falta de educación. Supuse que era aquí.

-Que era aquí, ¿qué?

-Lo del sueño. Que era aquí lo de los sueños de regalo.

Ahora era yo el sorprendido. No sólo sabía dónde estábamos, sino que también sabía qué hacíamos. Recapacité en mi falta de educación y dejé caer aquella capa de circunstancia, para ofrecerle refugio: Perdona. Buenas noches. Pero, pasa, pasa…

Mientras me apresuraba por recoger los trastos para parecerle ordenado, su mirada se paseó por la estancia. Como a todos, estoy convencido de que quedó fascinada por el ambiente decimonónico del lugar.  Me incorporé rápidamente al darme cuenta de que no me había presentado. Girándome de improviso, extendí mi mano para explicarme: Soy César.

La recién llegada recibió mi mano, pero permaneció enmudecida. Yo estaba seguro de que era por el lugar. Sí, impone. Es lo más parecido al dormitorio de un vampiro, pero con la calidez del hogar que nosotros habíamos preparado. Apostaría cualquier cosa a que ya estaba arrepentida de haber subido: tan lejos, un desconocido, aquel lugar…

De pronto, rompió su silencio: Es que no sé qué hacer con él. Con el sueño, vamos. Que no me sirve.

-Pero un sueño no se devuelve, querida. Es un regalo, además.

-Ya. Pero es que yo no puedo soñar. Me asusta perderme de la realidad.

-No creo que haya que verlo así. Un sueño no es lo contrario a una realidad. Si nosotros lo regalamos es porque deseamos que sea el preludio de la realidad.

La recién llegada se mantuvo pensativa. Fue la primera grieta en su pragmatismo. Y el comienzo de una larga noche de conversación.

Me dí cuenta de que yo estuve solo en la novedad. Aquellos no me iban a creer…

PD: Con Aldebarán, desde Málaga.

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~ por Caesar en 15 de noviembre de 2009.

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