El diario

Sigo dejando líneas en este selénico diario para ese lector que algún día abrirá un empolvado libro de cubiertas de cuero. A esa persona reservo el regalo de descubrir en estas páginas la catarata de sueños que hemos regalado durante este tiempo. Ha sido una velada agradable la de esta noche. Largas conversaciones remojando gargantas a tragos de amistad. Corrían los dados una y otra vez entre porfías, pero cargadas de sonrisas. De esas sonrisas de connivencia con las que te aseguras la aprobación del colega. He dejado en este diario manchas de licor en los huecos de las palabras. De pronto, me he sorprendido sorteando las gotas que habían querido escapar del vaso dando saltos. Pero después de tanta animación, en la madrugada ha llegado la calma. Saludos y despedidas a voces, el garito acaba convirtiéndose en este rincón de paz iluminada en la Luna.

Se hace el silencio cuando los pasos se van convirtiendo en huellas por la escalera. Termina de entornarse la puerta y, después de pasearme con la mirada por el salón, elijo el asiento corrido bajo la ventana circular. Es cómodo y permite mucho espacio para alojar los pensamientos que tengo que poner sobre la mesa. Esa luz que atraviesa la ventana, de un tímido azul, contrasta con la amarillenta luciérnaga que hay aquí dentro. Ordeno mis pensamientos para ponerme a escribir cuando un ejército de ángeles cruzan a lo lejos mirando nuestra escalera. Me pregunto a dónde irán. La curiosidad me lleva a inclinarme sobre la ventana, apoyo mis codos en el respaldo de este sofá, y miro. Un rastro de prístina pureza van dejando a su paso, y una mirada de dulzura dejan abajo, donde la escalera acaba.

Esa imagen me hace recapacitar en el legado que queda en este diario. Es como si me hubieran dejado la imagen de que ellos seguirán pasando cuando yo me vaya. Y que este diario continuará estando escrito cuando yo me vaya. Esa mirada, mitad comprensión, mitad ternura, me advierte de evitarme los excesos. Porque el tiempo juzgará lo que yo tardo un instante en pensar. Por eso su advertencia: recapacita, no dediques tan sólo un instante. Ojalá fuera yo tan bueno como para poder contentar al tiempo. Pero no, soy como soy. Y además, es lo que quiero ser.

Vuelvo a ponerme a escribir y dejo aquí lo que me ha pasado esta noche. Lo que nos ha pasado a los que estábamos aquí. Corren las palabras por el papel, sorteando aquellas gotas de licor, hasta que gana el silencio. Entonces, aparto esas páginas y mi recuerdo vuelve a ti. De nuevo, a mirarte en mis adentros como te miraba esta mañana, cuando la luz no era azul, cuando era el sol de amanecer el que nos descubrió juntos. Son recuerdos en sepia durante una noche en la que quise dar apresto a mi vida en esta calmada soledad.

Se hace tarde. Ya es por la mañana. Qué curioso, siempre pensé que tarde, debería ser de noche. Claro, llevando esta vida al revés…

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~ por Caesar en 8 de noviembre de 2009.

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