Picasso

•18 de abril de 2015 • Dejar un comentario

En días como estos, recuerdo aquellos patios llenos de una luz que me dolía y el rumor de una fuente tranquila que armoniosamente mecía el sueño de los tranquilos. Tardes de un calor pesado que hoy añora mi pecho. Cuando vivía el reto a cada amanecer, no lo aprovechaba; pero es que no lo sabía. Hoy se esfuerza mi presente por encontrar el reto, porque sé que puedo no darme cuenta.

Tenía razón el maestro cuando decía: “de niño pintaba como Rafael; ahora, llevo toda una vida aprendiendo a pintar como un niño”

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de profundis (II)

•13 de marzo de 2013 • Dejar un comentario

Álvaro estaba enamorado de la luz. El pequeño no perdía la oportunidad de sentarse junto a la ventana para descubrir en la pared los dibujos que pasaban entre sus dedos. Guardaba un pequeño pañuelo que Marta, su madre, había cosido para él. Deslizaba aquel pañuelo por la pared con todo su cuidado: no era muy blanca, pero servía, y era el universo que tenía junto a su ventana. Así transcurrían las horas del final del invierno, en la casa de Álvaro. Mientras, su madre se afanaba por mantener caliente un escaso puchero, con pocas verduras y un hueso de ternera que ya tenía más de quince vísperas.

Hoy era ya abril, y el invierno sólo un recuerdo. Pero Álvaro permanecía fiel a su primer amor: la luz seguía calentando aquel pequeño corazón cada mañana. Cada tarde, de regreso a su casa desde el colegio de San Miguel, jugaba en la plaza de la Santa Cruz con Juanito y sus hermanos. Yo creo que eran los reflejos del agua de la fuente, pero lo cierto es que siempre Álvaro se perdía imaginando con los reflejos del agua. Bendita paciencia la de aquella madre, que al final tenía que salir al encuentro desde el callejón del Agua.
Aquella tarde, la madre no encontraba a Álvaro donde siempre. Nerviosa, rodeó la plaza sin éxito. Se asomó a la muralla, pero nada… Como una visión fugaz, Marta pensó en el taller de maese Bartolomé. Tras de una columna encontró al pequeño…

-Álvaro, hijo mío… ¡Qué susto me has dado!

Sin apartar la mirada, el pequeño Álvaro contestó a su madre:

-La Señora me mira, mamá…

Absorto aún, casi sin pestañear, el pequeño permanecía apoyado en la columna cuando un gran cuadro se secaba colgado en la pared frente a la puerta del taller del maestro. La dulzura de los ojos de una Inmaculada habían velado la inocente escapada del pequeño.

Nunca hubiera imaginado aquel niño que sólo era el primer día de toda su vida junto al maestro.

Álvaro era el tercero de cinco hermanos, y su padre había decidido que en San Miguel podrían encargarse de su educación. Sus dos hermanos mayores ya trabajaban con padre en la carpintería. Los dos pequeños tenían que crecer todavía, y había que sacar la familia adelante, así es que lo mejor era que el pequeño Álvaro acudiera con los seises, donde le procuraban la comida y un futuro con los curas.

-Es vuesa merced la madre de este pequeño curioso, ¿verdad?

Era maese Bartolomé que, asomado a la puerta del taller, quedó fascinado por la imagen del pequeño que admiraba su obra, junto a la preocupada madre. El rubor fue la respuesta de la joven dama, que sujetaba la mano del pequeño por la preocupación…

-Me vendría bien un aprendiz y, aunque no puedo pagar mucho, creo que podría aprender bien junto a mí, explicó el maestro.

Continuará.

De profundis (I)

•12 de marzo de 2013 • Dejar un comentario

El silencio se derrumbaba sobre la estancia del desenlace. La oscuridad emergente del rostro oculto de los capuchinos cargaba de severidad el momento. Al fondo, tras la puerta, un morado manto cubría un lienzo sin concluir: el maestro agonizaba. De repente, se quebró el silencio, con la angustia del moribundo:

– ¡Confesión, por caridad! 

Uno de los capuchinos depositó el viático sobre la austeridad de la mesa que soportaba un candil de fuerte olor a cera.

– Ave María Purísima… 

El tono de sus palabras fue disminuyendo mientras acercaba su mejilla a la sedienta boca del moribundo. El abad, sabedor de los gustos del maestro, comenzó a entonar al tiempo de la confesión:

– Dies irae, dies illa, Solvet sæclum in favilla, Teste David cum Sibylla… 

La mano izquierda del maestro, extendida sobre la sábana se alargaba y temblaba con estertores de muerte, cuando se alzó la voz del moribundo:

– Señora, descubridme antes el color de vuestros ojos… 

Fueron sus últimas palabras y, de repente, expiró. Los capuchinos continuaron cubiertos mientras se elevaba el tono de su canto:

– Mors stupebit et Natura, cum resurget creatura, judicanti responsura… 

Corría el 3 de abril del año 1.682 de nuestro Señor. Un intenso olor a sábanas de lienzo quería disimular el fétido regusto de los infectados intestinos del cadáver. El escribano dejó sobre la mesa la última voluntad para acercarse al lecho y apagar los párpados del maestro. Grandes llantos empezaron a subir por las escaleras queriendo cubrir la estancia del dolor de los demás… Al final, sólo la mano del maestro sobre las sábanas, aún vívida por las ampulosas venas grisáceas y con el gesto inconfundible del apoyo del pincel.

Quedáronse velando los capuchinos mientras se anunciaba la eterna madrugada. Era lo menos que podían hacer, pensó el abad, y con rígida disciplina quedaron todos en ayunas y al amparo de sus capuces. Álvaro, el novicio, aún conservaba su pícara mirada apenas oculta y empujó con sutileza la puerta de la alcoba para que empezara a entrar el primer suspiro de azahar de aquella Sevilla ávida de primavera.

Al pronto, el crujido de los cuarterones del portón rompió el ritmo de los capuchinos. La ventana estaba condenada, pero todos adivinaron al escribano embozado entre su capa, caminando calle arriba en busca del párroco de la Santa Cruz. Quiso que así fuera el maestro, así es que no era difícil de adivinar. Entre misereres, fue llegando el aceite y cubriéndose la luna…

Continuará.

Amigos… y más.

•19 de febrero de 2013 • Dejar un comentario
Dos beduinos se detuvieron en su camino por el desierto, y de repente comenzaron a discutir…
La discusión terminó cuando uno de los dos hombres abofeteó a su amigo. Éste, ofendido, se apartó y sentado en la arena, escribió con una vara:

Hoy, mi mejor amigo, me ha golpeado

A la mañana siguiente, al amanecer, volvieron a cargar sus camellos y continuaron el viaje por el desierto. Llegó la hora de la comida y se detuvieron junto a un oasis. Cuando comían, el amigo que había sido golpeado, se atragantó con una nuez y comenzó a asfixiarse. Su amigo, enseguida le ayudó y consiguió que expulsara la nuez. De nuevo, el amigo se apartó y junto a una gran piedra comenzó a tallar:

Hoy, mi mejor amigo, me ha salvado la vida

El amigo, pensativo, se extrañó:

-¿Por qué ayer, que te golpeé, escribiste sobre la arena, y hoy vienes aquí y dices que te he salvado la vida?

El hombre, volviéndose hacia él y con el puño en el corazón, le explicó:

-Las ofensas de un amigo siempre se quedan donde el olvido se encargará de llevárselas; pero la lealtad se graba en el corazón, de donde nada ni nadie podrá arrancarla.
Atribuido a Charles Perrault, siglo XVII

Silencio

•25 de octubre de 2012 • Dejar un comentario

Hay un tiempo para el deseo,
un tiempo para la entrega,
uno para la reflexión…
y uno para el silencio.

Desde la imperfección que me caracteriza, aparto el retrato de mi vileza, y regreso rasgando el velo de tu serenidad. Quizá pensaste que se agotaba el licor de mi hiriente compañía… Efímera quimera que se desvanece ahora entre tus dedos. Más allá de tu ilusión, se me queda en la mirada el fuego de la visita al averno. Sin embargo, aquel pacto me reserva la melosidad que conduce tu curiosidad hasta el báratro que hay bajo esta roca.

Cuando el tiempo amarillee sobre mi fotografía, cuando ya mi alma se abra seca entre mi pecho, aún vivirá el febril rojo de la mirada que conociste. Es hoy, que arrastro un negro manto de silencio, cuando las claras gotas de tu recuerdo sacian la inmensa sed de mi garganta, y se derrama entre mis labios un silencioso “Te quiero”

Ayer, que me dolías…

•6 de junio de 2012 • Dejar un comentario

Ayer, que me dolías,
guardaba mi esperanza.

Ayer, que no sabía,
quebraba mi templanza.

Atrás tu tiempo
se fue quedando,
y entre su estela,
mi deseo estaba:
lo iba llevando…

 
 
 

Y el cielo siempre es azul…

•26 de mayo de 2012 • Dejar un comentario

Larga soledad y corto de café. Una mañana de impostura entre cristaleras y aviones que se cruzan. Así se ha cruzado en mi vida la espera de esta mañana, que me llegó hace días. Sigo pensando que no hay mejor café que el que siempre encuentro al lado azzurro de los Alpes. De fondo, el himno de la insumisión que nos llevó desde Prodi a la revolución. Hoy, que los indignados quieren conquistar algo que se les escapa entre las manos, otros me devuelven por unos días a esta tierra de lagos y montañas. Le pido a la camarera que vuelva a hacer sonar la banda sonora del malogrado Gaetano, y me devuelve la sonrisa de complicidad que me insinúa su simpatía por los camaradas de l’Unione. Lo cierto es que no me importa ya, pero son buenos recuerdos de una época de siembra de ilusiones. Se me hace raro este aluvión de conciencia y compromiso, después de ver cómo amanece a 10.000 pies… pero no debía rechazar esta invitación.

Interiorizo el deseo de que no vengan aún a recogerme. Lo deseo profundamente, deseo disfrutar un tiempo más de esta soledad de pensamientos que me ayuda a conquistarme un poco más. Eran algo más de las cinco de la mañana cuando un taxi me conducía a la T1 de Barajas para iniciar un regreso que no esperaba. Después, mi eterna compañera, la moleskine que se refugia a veces en mi pecho, a veces en mis vaqueros, se empieza a llenar de las palabras que quiero usar dentro de un rato; sin embargo, siempre las traiciono. Bueno, en realidad no es culpa mía, sino de la realidad que cambia a mi alrededor continuamente, y yo al final, siempre tengo que echar mano de la improvisación. A pesar de todas las traiciones, mi moleskine sigue sin tenérmelo en cuenta. Mi anfitrión observa cómo se cubre la timidez del refugio de mis palabras cuando se aproxima entre las mesas con una sonrisa de bienvenida… Y el cielo siempre es azul.

Rino, sarai sempre il migliore… Ci vediamo!